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Los “padres” y “madres” de la ciencia ficción ecuatoriana

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Los fundadores del XIX no solo escribieron ciencia ficción: fundaron un género que hoy, más de cien años después, sigue vivo y en plena expansión, alimentado por una nueva generación de escritores ecuatorianos que continúa explorando los límites entre lo posible y lo imaginado.

Toda gran tradición literaria tiene un origen que espera ser descubierto. La ciencia ficción ecuatoriana no es la excepción: nació hace más de ciento treinta años, mucho antes de que nadie se atreviera a llamarla por su nombre. Sus fundadores, hombres y mujeres visionarios del siglo XIX, imaginaron tecnologías, futuros y encuentros con lo desconocido en un país que apenas comenzaba a asomarse a la modernidad. Esta es la historia de quiénes fueron y por qué su legado merece ser reivindicado.


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El terreno fértil: los romances científicos

En el siglo XIX estuvo en boga un tipo de literatura conocida como “romances científicos”, término acuñado por H.G. Wells para clasificar tanto sus propias obras como las de Julio Verne y Mary Shelley. Junto a ellos, Edgar Allan Poe y Herman Melville cultivaron también la literatura fantástica de la época. Este género, relatos y novelas con historias fantásticas o elementos científicos, es hoy conocido como proto-ciencia ficción. Y Ecuador, contra todo pronóstico, tuvo su propia cosecha.


Durante más de un siglo, estos textos permanecieron invisibles para la crítica literaria nacional, eclipsados por géneros considerados más “serios” como el realismo social. Fue gracias a la investigación acuciosa de los académicos Iván Rodrigo Mendizábal y Álvaro Alemán que se desempolvaron relatos y novelas de escritores y escritoras ecuatorianas del XIX, devolviéndoles el lugar que siempre merecieron. La mayoría publicó en revistas guayaquileñas como En ratos de ocio, Narraciones extraordinarias y La palabra: revista de literatura nacional.


¿Por qué Guayaquil se convirtió en el epicentro de esta imaginación especulativa y no Quito? Mendizábal ofrece una explicación contundente en su libro Imaginando a Verne: mientras existía un pensamiento positivo y aperturista en el puerto, en la Sierra las innovaciones y la ciencia eran miradas con recelo. Guayaquil recibía primero las nuevas tecnologías del mundo; la capital las adoptaba meses después, y no sin resistencia.


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Los once nombres que fundaron un género

El grupo fundacional de la ciencia ficción ecuatoriana está compuesto por Francisco Campos Coello, José Antonio Campos, Manuel Gallegos Naranjo, Alberto Arias Sánchez, Vicente Becerra, Abelardo Iturralde, Juan León Mera, Juan Montalvo, Ángela Caamaño, Mercedes Moscoso y Zoila Ugarte de Landívar. Son, sin exageración, los padres y madres de todo lo que vendría después.


La huella de Julio Verne sobre este grupo es innegable: los editores de una obra de Francisco Campos Coello afirmaron en el prólogo que el autor fundaba una nueva escuela literaria, amparada directamente en los textos del francés. Pero no toda la intelectualidad ecuatoriana celebró esta influencia. En 1878, nada menos que Juan Montalvo escribió en El Regenerador un artículo donde llamó a Verne “escritorzuelo”; una anécdota que revela cuánta resistencia enfrentó, incluso entonces, la imaginación del futuro.


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El instante fundacional: La receta

1893 es la fecha que todo lector de ciencia ficción ecuatoriana debería memorizar. Ese año, Francisco Campos Coello publicó por entregas la novela La receta en la revista Globo Literario: la primera novela de ciencia ficción del país. La obra presenta una visión optimista de un futuro Guayaquil en el año 2000, y en 1899 vería su publicación en formato de libro.


Un año después de la primera entrega de La receta, en 1900, Campos Coello comenzó a publicar su segunda novela, inacabada, titulada Viaje a Saturno, en la revista Guayaquil Artístico. Ahí, un extraterrestre invita a un científico a visitar el planeta Saturno, anticipando temas de contacto interplanetario que el mundo tardaría décadas en popularizar. Puede considerarse, con justicia, una de las primeras referencias a la exploración espacial en toda la literatura ecuatoriana.


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Más allá de Campos Coello

El catálogo fundacional no se agota en un solo nombre. En 1896, Alberto Arias Sánchez publicó el relato “Un viaje de prueba”, donde diseña y prueba una máquina voladora capaz de llegar hasta la Luna, un antecedente notable de la narrativa de viajes espaciales que después conquistaría al mundo entero. Cada uno de estos autores, a su manera, tejió un imaginario especulativo genuinamente ecuatoriano, cargado de las ansiedades y esperanzas de una nación que empezaba a mirar hacia el futuro.


Conocer a estos fundadores no es un simple ejercicio de arqueología literaria. Es la prueba de que Ecuador siempre tuvo la imaginación necesaria para soñar con lo que vendría, aun cuando la historia oficial no supiera reconocerlo. Estos hombres y mujeres del XIX no solo escribieron ciencia ficción: fundaron un género que hoy, más de cien años después, sigue vivo y en plena expansión, alimentado por una nueva generación de escritores ecuatorianos que continúa explorando los límites entre lo posible y lo imaginado.


La ciencia ficción ecuatoriana tiene padres y madres. Y ya es hora de que todo lector la conozca por su verdadero nombre: una tradición fundacional, valiente y visionaria, que estuvo esperando siglo y medio para ser contada.



Nota: Contenido co-creado mediante colaboración humano-IA, entre Cristián Londoño Proaño e inteligencia artificial generativa.


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Una vez más, la erudición de Cristián Londoño nos trae el merecido recuerdo de estos pioneros, siendo ni más ni menos, que aplicar justicia en estado puro,

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